PARDAO
Su
irritante sonido derriba el muro que separa el sueño de la realidad en el
preciso instante que la abrazaba. El despertador, puntual y cruel, me arrancaba
súbitamente de la playa, del atardecer, del vaivén de las olas del mar, del
tacto de su vestido blanco ibicenco, de su sonrisa eterna, del roce de su largo
pelo meciéndose con la suave brisa, de Ella. Sin piedad, desaparecía entre la
niebla de mi imaginación.
De pie en la cocina, observo con impaciencia
la cafetera, esperando escuchar su gorgoteo. Música para mis oídos, brebaje
sanador para el alma. Unos minutos de silencio placentero bajo el hechizo de
los primeros rayos de un sol que se asoma, con timidez, por la ventana. La
calma antes de la tempestad. En breve, las fieras se adueñarán del lugar y mi
pequeño oasis desaparecerá, como una ilusión en el desierto.
En
la puerta del colegio me despido con un beso de mis hijos, Leyre y Bruno. En un
pasado reciente era su madre quien los acompañaba de camino al trabajo. Ahora
Ella no está. Se fue, para no volver, por la senda del camino sin retorno.
Lejos y cerca a la vez. Presente en todo, ausente en nada. Un susurro de
viento, una sombra que me acompaña por la calle allí donde vaya.
El
ruido metálico y quejoso, desperezándose, de la persiana resuena entre las
históricas paredes de la Plaza del Ganado. Ya no hay mercado, ni animales que
vender. Las ancestrales costumbres desaparecen devoradas por el inalterable
paso del tiempo que a todos nos cambia. Ya no es la misma, perdió parte de su
historia en la última remodelación, más fría más gris, menos acogedora. Nuevos
negocios se cobijan al amparo de los soportales, entre ellos mi farmacia.
Observo
por un instante la esquina, huérfana. Él aún no ha llegado. La cubierta celeste
hoy dibujada de tonos oscuros, amenaza lluvia. El gélido invierno se presentó
hace ya un par de semanas, provocando largas colas de gente enferma buscando la
panacea que les librara de catarros y gripes. Júlia y Carlos, mis ayudantes,
llegan juntos cuando pasan cinco minutos de las nueve, y con ellos los primeros
clientes no se hacen esperar. Doña Engracia con su interminable receta de
medicamentos “para todo”. Don Cosme necesita unas grageas de miel y limón para
la garganta. José Antonio, el carnicero, pide una caja de tiritas —Adil se ha
cortado, nada grave — nos comenta.
Él
no tardará en llegar. Espero con ansia verle en la esquina de enfrente. A
menudo le observo, escondido tras el cristal del escaparate, acercándose
cabizbajo, arrastrando con los pies una pesada carga que seguramente no eligió.
Parecería una estatua más de la ciudad, si no fuera por los movimientos, suaves
y precisos, de sus dedos acariciando las cuerdas de su gran amor.
Ahí
está, como siempre, a las diez de la mañana.
Soñaba con ser alguien importante. De
adolescente, deseaba lograr que un día, sus padres se sintieran orgullosos de
él. Su madre lo animaba siempre que el pequeño Charly le contaba, como si de
una gran hazaña se tratase, lo que quería ser de mayor; bombero, médico,
piloto, arquitecto… Cada semana pintaba un futuro diferente. Su padre no era
así —Tienes la cabeza llena de pajaritos. Tú te vendrás conmigo a trabajar a
los hornos de Don Benito — le decía.
Los
caminos de la vida, caprichosos y retorcidos, le llevaron por sendas tortuosas
que le impidieron cumplir cualquier sueño infantil. Ninguno de sus progenitores
acertó, aunque tampoco lo supieron. Murieron cuando Charly cumplió los
dieciocho, dejándolo a merced de un viento que no sopló a su favor, llevándolo
en volandas al barrio del olvido, el refugio de las almas perdidas. Sin
horizonte ni destino, sin dinero y sin empleo, con la única compañía de la
guitarra que aprendió a tocar, a escondidas de sus padres, en el garaje de Yosi. Otro de sus muchos sueños adolescentes, imaginándose en grandes
escenarios ante multitud de fans enloquecidas, bebiendo, fumando,
divirtiéndose. Pero al igual que los otros, este también se diluyó, y más aún
cuando a su amigo lo encontraron una helada mañana de enero, tumbado en un
banco del parque, con la jeringa aun clavada en el brazo.
Busca
su sitio, entre los charcos de la última lluvia, en una esquina no muy
frecuentada, de una ciudad sucia y olvidada. Llega el cantor a empezar la
jornada. Lentamente, de una funda hecha una ruina, saca a su amiga,
vieja y gastada como él, La acaricia con las yemas arrugadas, le susurra
palabras solo reservadas a un gran amor. Afina un poco sus cuerdas cansadas mientras
la gente que pasa apresurada.
El
lento movimiento de sus dedos transforma los acordes de su memoria en sonidos
que se entrelazan dibujando la melodía de su primera canción del día —Tú no
puedes volver atrás, porque la vida ya te empuja… —. Sin detenerse, algunos
lo miran, sobresaltados, con rostros poco amigables. Poco a poco, otros
se paran, expectantes, para escuchar a su voz fatigada, contar historias
y viejas baladas. Bajo el embrujo de su voz, por un momento las penas se
olvidan, y ahora es calle lo que era calzada, pues “Pardao”, con su vieja
guitarra, pone en sus vidas promesas olvidadas. Muchos le conocen sin
conocerle, solitario perdedor acurrucado en la esquina de la farmacia. Nadie
sabe cómo pasa su vida y nadie se entera como su vida pasa, sólo conocen su
apodo, “Pardao” le llaman en la plaza, porque, aunque llueva él canta y no
se marcha.
Bajo
la protección del paraguas cruzo la plaza en dirección a la cafetería de Luis,
me acompaña su voz rota —…como un sueño han pasado los días, deudas de juego
tienes que pagar…—. Letras punzantes, agrias, tristes, desgraciadamente reales.
Experiencias vividas en carne y hueso, me pregunto. Sentado en la terraza leo
el periódico en papel. Aprecio el tacto de la tinta impregnada en las hojas.
Ese olor cada vez más difícil de hallar. Resquicio de un pasado en el que yo
eran joven, deseoso de volar, de vivir una vida sin ataduras ni rutinas.
Ansiada libertad que, poco a poco, como el diario, se fue recortando, hasta
convertirse en cenizas. Mera existencia atada a hilos invisibles que la propia
sociedad ha ido tejiendo. A veces siento celos de Él. A veces me pregunto qué
pensaría Ella si lo viera, si lo escuchara.
Regreso
a la botica. Paso a su lado y, sin decir nada, dejo el café con leche caliente,
en vaso de cartón, junto a su gorra rasgada. Cada día, siempre igual. Un simple
reconocimiento a su arte callejero y al valor por sobrevivir. Una chispa de
calor para un espíritu congelado.
—Mira qué vida lleva, su patria y su hogar
es una acera —murmuran dos viejas en la entrada, mirándolo con desdén.
—Mira
qué vida pasa, el parque es su tierra, la calle su casa —hablan dos chicos
bajo el anonimato de sus sudaderas, al pasar enfrente.
—Mira
qué vida lleva, no tiene familia, no tiene bandera —alecciona con
menosprecio, ante su hijo, el hombre trajeado que hace cola junto al expositor
de productos de adelgazamiento.
—Mira
qué vida pasa, su luz las estrellas, su cama la plaza —suelta a su amiga la
chica pelirroja cargando con la carpeta de la universidad.
Corre
el tiempo, imparable, y vuelven las prisas. Poco a poco, la gente se
marcha. Recuperando sus vidas, sus preocupaciones, sus obligaciones.
Agradecen en silencio el viaje al mundo de los deseos al que el cantautor los
ha llevado durante unos minutos. Algunos volverán, otros no. Sus vidas no
dependen de “Pardao” y el músico de calle no depende de ellas. La rueda gira
para todos. El reloj de arena no se detiene por nada ni nadie. Muchos
desconocen como van perdiendo granos al otro lado del cristal. Son instantes
que ya no volverán, sin opción a retroceder ni rectificar, sin posibilidad de marcha
atrás.
Las
gotas caen sobre la calle vacía iluminada con la tenue luz de las farolas y el
reflejo intermitente de la cruz verde de la farmacia, como un faro que guía a
navegantes entre la oscuridad. Solo “Pardao”, en su acera mojada, guarda sus
cosas, despacio con calma. Recoge unas monedas en su gorra raída,
que sus efímeros espectadores han dejado. En su bolsa una botella mediada
que en soledad se encargará de vaciar. Y se marchará, y mañana volverá, uniendo
los eslabones de la cadena de su vida, hasta el final. En sus días de
esperanzas quemadas y en sus noches pensiones baratas.
Los chicos duermen. Me acuesto en mi helada y solitaria cama. Anhelo el momento del reencuentro. Bajo las finas sábanas viajaré de tu mano al mundo de los sueños, allí donde los deseos de libertad se vuelven realidad. Allí donde “Pardao”, quizá, sea farmacéutico.
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