UN MAR DE ESTRELLAS. PARTE 2.

 

Enfilé la senda para volver sobre mis pasos. Como el día, el pueblo despertaba de un profundo sueño. Algunas tiendas se activaban empezando a montar los pequeños escenarios donde exponer sus obras, intentando cautivar a los primeros extranjeros que desembarcarían en un par de horas, con sus cámaras colgando del cuello. Compradores compulsivos de final de temporada en busca de esa oferta única. Turismo de consumo disfrazado de cultura. En Madrid ocurría lo mismo. Aunque no fuera un habitual de la Plaza del Sol y sus alrededores, de vez en cuando me dejaba caer y veía las hordas de visitantes ocupando cada centímetro de asfalto. Al llegar a la altura del Casino, el camarero me hizo una seña indicándome que el abuelo había llegado. Le pedí otro café y un croissant a la vez que dirigía mis pasos en dirección al viejo acompañado por una chica morena, que permanecían sentados al fondo del local.   

- Buenos días. ¿Es usted Xicu verdad? – Pregunté con mi mejor sonrisa. Bajo la atenta supervisión de la chica.  

- El mismo desde hace noventa y tres años – Respondió levantando la cabeza.

- ¿Podría hacerle unas preguntas mientras desayunamos? – Le dije contemplando su mirada cansada, hasta cierto punto melancólica, añorando tiempos pasados.

- Jorge Patricio me ha dicho que eres el inquilino de Rufina y quieres que te hable de ella. ¿Por qué? ¿Qué buscas? – Preguntó señalando la silla de enfrente.

- Así es. Estaré un par de semanas por aquí. Me sorprendió encontrarla esta mañana en la playa, parecía tan ensimismada. Se lo comenté al chico de la barra y me gustaría conocer su historia.

- Lucy, ve a dar un paseo y a comprar la comida. Pásame a buscar a la hora del almuerzo – Dijo sin dejar de mirar a través del cristalero – Y tu ya puedes ir pidiendo otro caferitu o lo que sea. Salgamos a la terraza, quiero disfrutar de mi caliqueño – Añadió cuando la chica ya se había marchado – Es coi de mossa es muy vivaracha y atenta, pero no me deja chuparlo ni apagado.

Salimos al fresco sol de septiembre y nos sentamos en una mesa donde un pájaro – Es una Carlina – según me dijo, picoteaba un trozo de pan – Aquí las muixalas no nos picaran – Añadió y yo deduje que se refería a los mosquitos.

Las mesas, sobre un entarimado a ras de playa que crujía levemente quejoso a cada paso que dábamos, invitaban a pasar horas pese a los ruidos de camiones y furgonetas de reparto que circulaban continuamente por el camino que separaba la arena de las primeras casas blancas. Un gorrión se posó en nuestra mesa, buscando alguna migaja que llevarse al pico. Al ver que no había nada que rascar, alzó el vuelo hasta la mesa de al lado donde una pareja francesa disfrutaba de unas tostadas con mermelada. – Seguro que tendrás más éxito con ellos – pensé a la vez que el viejo encendía su purito con el mechero que llevaba escondido en el chaleco. Hice lo mismo con un Winston y los dos soltamos una profunda exhalación que por unos momentos envolvió el paisaje entre la niebla.  

- Aquel que llega a puerto es el chaval de Met, siempre va tronchado, a toda prisa. Algún día encallará o impactará contra las rocas y hará trizas la barca. En fin…

- Conoce a todo el mundo de por aquí.

- Toda la vida en este rincón del mundo, como Rufina. No siempre fue así – Dijo refiriéndose a la abuela – Hubo en tiempo en que ella era feliz. Disfrutando cada día su existir. Él era toda su vida, su principio y su fin. Estaba casada con Cesc, de Cal Trinxat, se llamaba así porque en su casa era carniceros, aunque el chico no se dedicó a eso. Se conocían desde pequeños, iban a todos partes juntos. En mi vida, y mira que tengo años, he visto a nadie que se quisiera tanto como esos dos chicos. Donde ahora la pobre mujer vende fruta y verdura, antes despachaban pescado. El mozo salía cada madrugada a gambinear y volvía a media tarde con las cestas llenas de briquetas.  

Escuchaba en silencio, con la mirada fija en ese rostro arrugado de ojos pequeños que se emocionaban con las palabras que pronunciaba. Algunas no las entendía, supuse que formaban parte de la lengua del lugar. Había vivido aquella historia de cerca y parecía que necesitaba soltarlo.

- El escaparate de su tienda - Siguió contando – relucía a diario y el camastrón siempre estaba lleno. Ella sabía vender bien y incluso venía clientela de Figueres o Girona a comprar.

Intenté imaginar la actual frutería en otros tiempos. El olor a pescado y mar, llena a rebosar de clientes y la joven Rufina despachando sin parar con una sonrisa.

- Un día de septiembre de hace cuarenta años, amaneció más o menos como hoy. El mar era blanco. Los marineros más viejos avisaron “Boira en el Pení, pliega sa volantí y posa´t a dormir”. Algo así como qué si hay niebla en la montaña, mejor no salir a faenar porque entrará Tramontana. Todos los jóvenes hicieron caso, menos Cesc. Él necesitaba salir a pescar, esperaban un bebé. Tener un buen día suponía un buen fajo de billetes para recibir al recién nacido sin pasar demasiadas penurias.

Hizo una pausa que aprovechó para tomar un sorbo de café con leche, antes de proseguir.

- No volvió. Grandes nubes negras a caballo del viento cubrieron el cielo provocando una tormenta de rayos y truenos que hizo enrabietar el mar. Las olas golpeaban con tal fuerza la costa que llegaron a inundar el Casino y la rambla hasta las primeras casas. Cuando la naturaleza se enfada solo nos queda rezar – sentenció – El pueblo entero se refugió en la iglesia de Santa María a orar. Rufina no se movió de su casa, esperando un regreso que nunca se produjo.

- Quiere decir que desde entonces…

- Al día siguiente, ya sin tempestad, ella misma encontró cuatro maderas y parte del mástil en la arena, justo donde la viste esta mañana. Las olas trajeron trozos de su barca durante los siguientes días. Recordatorio macabro de un cuerpo que jamás el mar le devolvió, convertidos en esperanza y sufrimiento cogidos de la mano.

- ¿Y el hijo? – Pregunté temiéndome lo peor.

- Lo perdió cuando no hacía ni una semana del accidente. A partir de ese maldito instante, la chica risueña, desbordante de felicidad, que todos conocíamos, desapareció para nunca más regresar. Su lugar lo ocupó un fantasma olvidado en su mundo. Las paredes de la pescadería se convirtieron en su propia cárcel. Era incapaz de mirar a un pescado, les culpaba de llevarse a su amor, aunque de poco le sirvió cambiar de negocio, como puedes imaginar, los turistas no vienen a Cadaqués a comprar melocotones. El empobrecimiento era cada vez más evidente y el alcalde le propuso alquilar la casa que nadie había tocado en cuatro décadas.

- ¿Estuvo de acuerdo? – interrogué, extrañado que la mujer aceptara semejante proposición

- Por supuesto que no! Pero la necesidad la llevó a dejarse convencer. De momento aun le toca vivir.

Jorge Patricio se acercó a la mesa dejando otro café y una copita de ron que puso a bailar los ojos del abuelo – Seguro que la cuidadora no se lo deja ni olisquear – Pensé imaginando la discusión si nos pillaba.

- Esto es salud! – Gritó, vaciando el vasito de un solo trago – ¿Ves aquel de la camisa de allí? Le llamamos Palota, siempre hace trampas a las cartas y es más pesado que la montaña que tenemos detrás. Ahora solo se dedica a pescar de vez en cuando. - acaba diciendo antes de quedarse callado contemplando el primer barco de visitantes que llega a la playa.

La pausa me sirve para regresar al mundo real. El ruido de las furgonetas de reparto se mezcla con las conversaciones en diferentes idiomas que fluyen entre la gente que pisa tierra y los chillidos de las gaviotas en busca del pez sobrante de las capturas del día anterior. En ese momento me doy cuenta de que todo ha cambiado. La tranquilidad de primera hora de la mañana cedía el testigo al ritmo frenético, perfectamente sincronizado, moviéndose en todas direcciones. Una partitura cambiante con el paso de los minutos, una melodía y una canción. Me pierdo observando el rincón donde esta mañana soñaba Rufina. Aunque el mar se lo llevó, ella aun oye su voz, susurrándole frases de amor.

- Cada día se la ve, sentada al amanecer, esperando verle volver – Dijo el viejo mirando también hacia el mismo lugar. – Un deseo cada amanecer y un lamento cada atardecer. Esperando y deseando que muerte venga pronto a por ella.

Era mediodía cuando Lucy apareció cargada de bolsas del supermercado. Venía ajetreada, pero con una sonrisa. – También debería ir a comprar – Pensé recordando que no tenía café para el día siguiente, ni nada que comer. Nos despedimos no sin antes concertar una nueva cita a la mañana siguiente – Quiero que me cuentes cosas de tu ciudad – me dijo cuando ya se iba.

 

 

Los días fueron pasando demasiado rápido. La libreta, el bolígrafo y la guitarra seguían durmiendo en el comedor. Tan fácil fluían las letras y encajaban con los sonidos estridentes cuando se trataba de componer canciones de ritmo frenético, y a hora, seguía bajo el influjo del colapso mental. Aunque sabía qué en mi cabeza, una pequeña chispa prendía la llama de una hoguera que a los pocos días ardería intensamente. Los paseos por el camino de ronda, los paisajes del Cap de Creus, los cafés con Xicu, las cervezas de la noche y la playa con sus aguas cristalinas consiguieron relajarme y las ideas empezaron a fluir, a trompicones, como las olas de un mar que guardaba un gran secreto desde hacía cuarenta años. El tema final del álbum adquiría forma.

Ese día me levanté como siempre, a las seis. Cada mañana la acompañaba desde la distancia, sin que se diera cuenta. O quizás sí. Me quedaba sentado en las barcas que dormían todo el invierno en la arena, cubiertas por una tela de plástico que las mantenía impermeables a las condiciones meteorológicas y los temporales.

Mas ese día, ya no apareció. En la playa ya no se la vio. Descarté la idea de que se hubiera quedado dormida. El sol ya despuntaba y las campanas de la iglesia anunciaron la noticia. Tocaban a muertos. De repente sentí un frío intenso y un vacío en mi interior. Ya por fin está contenta, la muerte se la llevó.

Con el paso de las horas, una mezcla de emociones se agolpaba bajo mi piel. En la iglesia no cabía un alma. De pie, junto a Xicu, me despedía de Rufina como un vecino más. No hizo falta mucho para que aquella pequeña mujer se quedara para siempre en un rincón de mi corazón. Ella i su amado Cesc.

- No estés triste chico. Es lo que ella deseaba – Me dijo el viejo con lágrimas en los ojos.  

 

 

Era mi último día en el pueblo. Quedaban unas horas para volver al incesante murmullo de la ciudad. Pero aquella noche me la reservé para despedirme a mi manera, en soledad.

Me permití la licencia de sentarme en su roca, la que durante cuarenta años fue testigo muda de un deseo y una esperanza rota. Donde ella lloraba cada noche, ahora son las mías mezclándose entre las olas. Levanto la cabeza, seguro de qué cada día en el cielo se les ve, casi hasta el amanecer por fin juntos otra vez. Se reflejan sobre el mar, al llegar la oscuridad y las lágrimas ya no volverán.

 

Con la maleta hecha y la guitarra en su funda, me despido del viejo Xicu y de Lucy en la estación de autobuses. Se que volveré, he decidido comprar la casa de Rufina, será mi refugio, manteniéndola como está en su memoria. Un reconocimiento al amor verdadero y eterno.

Sentado en el asiento trasero del autobús, abro la libreta. La canción, ya terminada, ocupa la primera página entera, sólo falta un detalle, el título. Observo el bolígrafo como, lentamente, va dibujando las palabras.

Título: Un mar de estrellas.

Grupo: Warcry

Álbum: El sello de los tiempos. Avispa Music 2002.


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