UN MAR DE ESTRELLAS. PARTE 1.

 

La compañía discográfica insistía y eso a mí me provocaba una angustia que me llevaba directamente al colapso. El nuevo trabajo estaba casi terminado, pero querían incluir en el repertorio una balada suave y romántica.

- Todos los grupos de rock duro tienen alguna – Repetía el armario de metro novena vestido con americana y corbata que yacía sentado enfrente con mirada desafiante. Sus manos, como mazos, sujetaban la carpeta corporativa con el logotipo de nuestra banda.

Hacía dos décadas que colaborábamos y en ninguno de los otros discos se enrocaron con esa determinación. El resto de los miembros accedieron y no me quedó otra alternativa que aceptar el desafío. Pero Madrid me consumía impidiéndome dar rienda suelta a la imaginación. La ciudad de hormigón, ruidosa y gris, estrangulaba mi creatividad. Lo había intentado de todas las formas imaginables, pero era incapaz. Cada frase terminaba hecha añicos en el fondo de una papelera que poco a poco se iba llenando. Sin inspiración las otras nueve canciones no verían la luz. Debía tomar una decisión drástica. Huir de allí.

El anuncio en internet lo dejaba claro; Se alquila casa rústica en Cadaqués, muy cerca de la playa. Alquiler semanal de trescientos euros en efectivo. Me apreció excesivamente barato a pesar de ser temporada baja, pero al ver las cuatro fotografías que lo acompañaban, lo entendí. Parecía un museo de los años ochenta. Me llamó la atención el teléfono de contacto, era un número fijo. No constaba móvil ni correo electrónico. Nada, solo el nombre de una calle. Me atendió una voz femenina vieja de tono melancólico. En menos de dos minutos tenía la reserva hecha para el día siguiente. Llené la maleta de camisetas y vaqueros, guardé la guitarra en su funda raída y compré el billete de tren que me llevaría hasta ese rincón de la Costa Brava, desconocido para mí.  

 

La espléndida silueta de la iglesia apareció detrás de una curva con su majestuoso campanario, como un faro que con su intermitente destello guía los navíos a buen puerto. El autobús se acercaba a su destino reptando por aquella serpenteante carretera, bajando la montaña de El Paní. Había salido a las seis de la mañana desde la estación de Atocha a bordo del primer tren de alta velocidad en dirección a Figueres. Me esperaban cuatro horas de camino que pasaron entre bostezos y viajes cortos al mundo de los sueños. En la estación de buses tuve que esperar hasta las dos del mediodía para subirme a la línea que cubría el trayecto a Roses y finalmente Cadaqués. El vehículo se detuvo en la entrada del pueblo cuando las campanadas anunciaban las cuatro. Cargué la maleta en la mano y la guitarra al hombro echando a andar adentrándome en las empedradas calles de la villa marinera, siguiendo las indicaciones que me había dado el día antes la señora Rufina, que así se llamaba mi interlocutora. Encontré la frutería en la calle Des Call. De camino había decidido dejar las cosas y salir a dar un paseo. Sentía mis músculos agarrotados y el cuerpo suplicaba algo de acción. No sabía si era por el olor a sal, los callejones de pizarra y casa blancas, o por el aire que soplaba, pero me embargó una agradable sensación de bienestar que despejó mi mente. Esperanzado en que aquel pueblo, inspirador de artistas, me permitiera encontrar las letras que necesitaba para cerrar el proyecto.      

Encontré la casa nada más pasar bajo un pequeño arco que daba a la parte más antigua. El suelo de pizarra ascendía a la par que la montaña hasta perderse en por un intrincado de callejuelas que probablemente conducían hasta la iglesia. Los dos portones, algo desgastados, de color rojo, dejaban entrever un fondo azul en algunas partes lastimadas de la madera. El cartel de pizarra, a pie de calle, me avisó que aquel era el lugar, Fruites Rufi.

- Buenas tardes. ¿La señora Rufina? – Saludé dirigiéndome a la pequeña mujer, vestida con delantal de cuadros que iba cargando una caja de melocotones.

- Sí, soy yo – Respondió con la misma voz apagada que había descolgado el teléfono hacía poco más de veinticuatro horas.

- Soy Víctor, de Madrid. Hablamos ayer por el alquiler de la casa.

- Ay si, perdona – Dijo analizándome con su mirada – Que pelo más largo llevas chico. Y bien rizado, podrías hacerte esa especie de trenzas que llevan ahora los jóvenes.

- Rastas? No, ni pensarlo – Comenté riéndome – El pelo largo es para llevarlo sin atar.

- Acompáñame fuera – Dijo una vez colocada la caja de madera en una estantería. - La casa está encima de la tienda. Es por aquí – Señalando la puerta de al lado.

- Creí que ahí vivía usted.

- Demasiados escalones. Yo ya soy una antigualla. Vivo en la parte trasera de la frutería. Poco necesito para vivir, nunca he sido mujer de grandes lujos. Cuando murió mi marido tuve que hacer como pude y, aunque la fruta no es que dé para mucho, tengo lo que necesito.

- De acuerdo. Si le parece bien subiré a dejar las cosas.

- Por supuesto, esta es tu casa. Si necesitas cualquier cosa me lo dices. Por cierto, se me olvidaba, no hay televisor.

- Ni falta que hace – Respondí encaramándome a la estrecha escalera.

El interior de la casa respondía perfectamente a las imágenes que había visto por internet. El olor a naftalina y a ambiente cerrado me dio la bienvenida nada más poner un pie, potente y hasta cierto punto agresivo a mis receptores nasales. Ese olor y la decoración, otorgaba a la estancia un aspecto tétrico, como si el tiempo se hubiese detenido. Las antiguas fotografías de marineros, pescadores, barcas y el pueblo tampoco ayudaban. Me pareció un mausoleo de recuerdos para no olvidar. Pensé en lo difícil que me resultaría componer en ese entorno siniestro. Todas las habitaciones eran pequeñas. Una cocina básica con nevera, el comedor estaba formado por una mesa cuadrada y dos sillas de madera. El mueble con vitrina y un viejo sillón de piel al lado del ventanal que daba a la calle era el resto de mobiliario del salón. Las paredes decoradas con papel de cenefas evocaban la moda de los años setenta u ochenta. Tampoco parecía que se hubiera reformado en todos esos años. El baño de baldosas turquesa, un dormitorio con crucifijo incluido y otro cuarto cerrado con llave, daban forma al resto de la vivienda.

Dejé la maleta abierta encima del edredón floreado que cubría la cama y apoyé la guitarra en la pared junto al armario ropero. Las manijas de la ventana chirriaron quejándose al intentar abrir para ventilar el claustrofóbico ambiente anclado décadas atrás. En cierto modo, tuve la sensación de estar dentro de una versión modesta de una pirámide de Egipto. Una tumba. 

El paseo al atardecer, bajo la luz de las farolas del paseo que bordeaba la costa, fue el momento más relajante del día. Estábamos a finales de septiembre y poca gente quedaba ya, a parte de los lugareños. Entendí qué con la llegada del otoño, el pequeño pueblo de veraneo recuperaba la calma que suponía se mantenía hasta la siguiente temporada de vacaciones. Vi alguna pareja paseando su amor cogido de la mano, un hombre arrastrando a su perro deteniéndose a olisquear cada mancha del camino, dos viejos sentados en un banco aprovechando la agradable temperatura del momento… Se respiraba paz una vez pasada la tormenta de turistas. 

Sentado en el chiringuito de la playa, acompañando la cerveza fría con una ración de anchoas, contemplo el reflejo plateado del cielo sobre la sábana de agua que, ola tras ola, humedece los minúsculos granos de arena que ocupan el espacio entre las dos colinas por donde se encaraman las casas de veraneo, ahora ya deshabitadas, hibernando hasta que el buen tiempo convenza a sus propietarios para devolverlas a la vida. No me entretuve demasiado, quería acostarme temprano para levantarme al amanecer.

La alarma del teléfono sonaba repetitiva sobre la mesita de noche. Había dormido de un tirón. A pesar de la cama vieja y el colchón de muelles, el cansancio y las tres cervezas de la noche me ayudaron a caer bajo el embrujo de Morfeo. Me puse bajo la ducha sin ser muy consciente de ello, dejando que el agua arrastrara la pereza pegada a la piel por el cansancio. No tenía café – Nota mental; compra, supermercado – Pensé. Agarré la cazadora de cuero y salí a la calle en busca de cualquier local que me suministrara mi primera dosis de cafeína. Afortunadamente el Casino abría sus puertas a las seis de la mañana, en el preciso instante que pisaba el paseo en dirección a la playa, contemplando los primeros tonos anaranjados surgiendo en el horizonte, rompiendo la monocromática oscuridad.

Me apoyé sobre una barca de madera, descalzo agradecí la frescura de la arena húmeda bajo mis pies, saboreando el primer trago de café qué al llegar a mi cerebro, activó el resto de sentidos mientras con la otra mano buscaba el paquete de tabaco en el bolsillo. El graznido de las gaviotas sobrevolando un pesquero amarrado en el puerto me hizo girar. Entonces la vi. Al amanecer, sentada junto al mar con la mirada fija en la inmensidad. La pequeña figura de Rufina atrae toda mi atención. Está a escasos metros de mí, inmóvil, dibujando una sonrisa, imaginando no despertar. Los primeros rayos de sol surgiendo de debajo del agua iluminan la escena. Un telón de fondo que mis ojos desenfocan para centrarse en la imagen de la vieja sentada en las rocas.

El vaso de cartón está vacío y siento que mis neuronas suplican por una nueva dosis. Me incorporo y camino en dirección al bar, no sin darme la vuelta repetidas veces. Ella no se mueve, parece que esté esperando algo o a alguien.

- Otro café, por favor.

- ¿Solo también, o caferitu?

- Solo gracias. ¿Viene a menudo a esta hora? – Pregunto señalando con la mirada a Rufina.

- La encontrará todos los días, a esta hora y por la noche. ¿Es usted su huésped?

- Si. Le he alquilado la casa un par de semanas.

- ¿De dónde es?

- De Madrid.

- ¿Y que hace un madrileño en este rincón del mundo?

- Buscar inspiración. Soy músico.

- Pues si no se inspira aquí, no lo conseguirá en ningún otro lado, se lo aseguro.

- Eso espero. Y cuéntame, ¿por qué viene cada día?

- Pobre mujer. No se exactamente qué sucedió. Hace cinco años que llegué a Cadaqués y cuando empecé a trabajar en el Casino me di cuenta de que nunca fallaba. Su historia, hasta donde yo sé, es triste. Me dijeron que lleva cuarenta años repitiendo el mismo ritual a diario. Llueva, nieve o haga un calor asfixiante. Siempre está.  

- ¿y sabe lo que sucedió?

- Algo, aunque si quiere conocerla al detalle, vuelva dentro de un par de horas y Xicu se la contará. Ahora aun debe estar durmiendo.

- ¿Xicu?

- Uno de los viejos del pueblo. Viene a desayunar con la chica que le cuida. Se sientan en la mesa del fondo, la que da al ventanal – Dijo señalando con el dedo hacia su derecha – Pregunte por él, pero solo por la mañana. A media tarde también está por aquí, pero para jugar la partida con sus amigos y no le gusta que le molesten.

- De acuerdo, así lo haré. Gracias por la información y por los cafés.

Salí del local en dirección al camino que seguía en dirección norte. Disponía de tiempo para acercarme a Port Lligat, aunque solo fuera a echar un vistazo y activar aquel cuerpo que, en los últimos años de giras y ensayos, había ido perdiendo tono físico. Las pequeñas barcas de madera y un par de veleros anclados en la bocana de la bahía alteraban ligeramente la vista al horizonte. Pequeñas manchas rompiendo la serenidad de los diferentes tonos azules que separaba una fina línea en el horizonte. Arriba el cielo, abajo el mar. Las persianas bajadas y los barrotes se convertían en señales evidentes de la soledad. Grandes mansiones desocupadas durante meses, donde el tiempo se congelaba hasta que las manijas del reloj reanudaban sus movimientos al llegar el deshielo de la primavera. La naturaleza seguía su curso, imperturbable, devolviendo el aspecto salvaje a los jardines particulares. Sin que nadie los cuidara, las hierbas crecían siguiendo una libertad incomprensible para los humanos.

Al volver la vista atrás, observo la imagen del pueblo blanco, desplegándose por la ladera bajo la vigilancia del campanario. La había visto centenares de veces por las redes sociales, pero disfrutarlo en persona y a esa hora de la mañana, era un regalo. Un cuadro pintado con acuarelas, una fotografía sin filtros, un poema, un libro, una canción. Todo lo que mis ojos alcanzaban a ver era arte.

El camino discurría alternando lujosas casas particulares con tramos donde la vegetación conservaba su virginidad, soportando estoicamente los embates de las constructoras y el famoso viento del Cap de Creus, la Tramuntana.

La enorme piscina natural que se dibujaba en Port Lligat estaba en calma, tan solo un catamarán fondeaba en sus aguas cristalinas. La cala, dominada por la casa de Dalí, dominaba completamente el paisaje. De camino en el AVE había leído que su reconversión a museo atraía a los turistas como moscas. Deduje que esa falsa calma era momentánea y los autobuses cargados de turistas no tardarían en llegar. El hotel apenas despertaba. Los huéspedes más madrugadores desayunaban en la terraza observando el movimiento hipnótico de las olas doradas. Más allá, el chiringuito a pie de arena, se lavaba el rostro limpiándose las lagañas fruto de una noche perdida entre copas de los caravanistas que dormían plácidamente en sus cascarones con ruedas. 

Bordeé la playa entre embarcaciones de madera pintadas de colores diversos, remojando mis tobillos, sintiendo la baja temperatura del agua salada. NO lo veían así los tripulantes del barco. Entre risas mañaneras se arrojaron al mar, desapareciendo por unos instantes, luego más risas resonando con el eco de las pequeñas colinas que rodeaban la cala. Fijé la mirada por unos instantes en la espuma. Anunció de una nueva ola de procedencia desconocida y destino escrito. Su ondulación desapareció, deshaciéndose entre los pequeños guijarros, rodeándolos, moviéndolos ligeramente de posición, para luego desaparecer con la marea, engullida por una nueva ola.

Me senté en el banco de piedra convertido en mirador estratégico, pensado en Rufina - ¿Cuál será su historia? – Me pregunté. De repente, sentí dentro de mi la necesidad de conocer los motivos que podían llevarla a comportarse de esa manera tan particular a diario. De una cosa estaba seguro, no era por el paisaje, había otra razón mucho más poderosa y ansiaba conocerla.


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